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RCPAL: No contactados del Purús descubren un nuevo mundo. Diario 'El Comercio' llego hasta un alejado paraje de los 'no contactados' de la selva

RCPAL

Red de Cultura Popular Andina y Latinoamericana de TAKILLAKTA

No contactados del Purús descubren un nuevo mundo. Diario 'El Comercio' llego hasta un alejado paraje de los 'no contactados' de la selva

· 23 junio 2008, 19:18 por Chino Becerra en ,

El Comercio llegó hasta un alejado paraje de la provincia del Purús en busca de Epa y sus mujeres, quienes han dejado de ser nómadas y están en contacto inicial. Su alucinante historia da una idea de la vida de los indígenas en aislamiento voluntario

Por Norka Peralta Liñán. Enviada especial

Epa es un hombre sin edad, ni tiempo. Su memoria tiene los mismos recuerdos que debieron tener los primeros hombres que habitaron la Amazonía. Como ellos, es nómada, cazador y recolector. Sabe de rutas desconocidas, caminar según lo dicte la naturaleza y ha huido de tribus guerreras que pelean por mujeres, comida y por instinto.

A diferencia de esos seres que aún habitan la selva peruana, Epa, cuyo nombre significa padre en dialecto mastanahua, se ha cansado de vivir así. Ahora ocupa una cabaña asentada sobre un pequeño monte de la quebrada Santo Tomás, en la selva del Purús. A tres horas de distancia está la civilización (o lo que se entienda por ello) con la que ha empezado a relacionarse impulsado por una serie de hechos abruptos y alucinantes de los que no puede precisar fechas. No sabe del paso de las horas. Cuándo es una pregunta sin respuesta. Él está en el tiempo inicial, en el inicio de todo.

Lo acompañan sus dos esposas y la madre de ambas, una mujer que nunca ha salido de esa choza de madera. Habitan también la casa veinte perros salvajes que aúllan de hambre y pugnan por salir cuando sienten la presencia de extraños. La mascota está en el techo: un mono maquisapa que hace piruetas con la cuerda que ata su cuello a esa casa.

Abajo está el río Curanja, turbio y seco en esta época del año. En los alrededores un manto vivo y verde se extiende, en un paisaje repetitivo y agreste, por toda la provincia de Purús, en la frontera con Brasil. Una nube de mosquitos suicidas ronda siempre.

El Comercio llegó hasta ese desolado paraje conocido como Puerto Paz, tras un sobrevuelo de dos horas en avioneta desde Pucallpa y un viaje de más de 20 horas por los ríos Purús y Curanja, para conocer, a través del testimonio de Epa, cuál es la situación de los indígenas no contactados en esa provincia fronteriza y desconocida.

La antropología llama a estos grupos “en aislamiento voluntario”, porque jamás han tomado contacto con la civilización. Ese aislamiento nació del miedo que despertó en ellos la salvaje civilización que provocó en la selva la explotación de la madera y del caucho. Se estima que en el Perú hay entre 5.000 y 10.000 personas en aislamiento voluntario.

MARTES 10 DE JUNIO
Epa nos recibe con cautela, con la mirada asustada, pero nos recibe. Un no contactado huiría o nos atacaría con sus flechas, según refieren los que los han visto. Epa es entonces un ex no contactado (en contacto inicial, prefieren decir los antropólogos). Habla en dialecto mastanahua. Lo único que dice en castellano es buenos días, con una voz que recuerda a la de un militar. Repite ese saludo en las tardes y en las noches. La vida de su pequeña tribu se rige con la salida y la puesta del sol. Y, sin embargo, tienen la piel pálida, como si hubiesen estado escondidos en una cueva, cuando han vagado por años por caminos desconocidos.

Los brazos y las piernas de Epa parecen los de un hombre de mediana edad, a uno cualquiera. Solo las plantas de sus pies, deformadas como los de un palmípedo, delatan que hasta hace poco fue un trashumante. Esos extraños pies le permiten caminar entre el fango que forma la lluvia cuando cae sobre el suelo arcilloso, perseguir los animales que caza y consume, cruzar ríos sin importar su caudal.

Según nuestro intérprete Alfredo del Águila, hace unos 20 años el pueblo de Epa sufrió el ataque de otra tribu. Todos huyeron. No sabe decir (o no quiere) el nombre de su grupo. Se cree que es un mastanahua y que él sigue perdiéndose en la selva para encontrarse con otros miembros de su tribu que aún temen salir a la civilización. También hay indicios de que el resto de mastanahuas ya se civilizó y que él y sus mujeres son los últimos en hacerlo.

Tras el ataque, la familia de Epa, que incluía una hija pequeña, se internó aun más en la selva del Purús. Allí tuvo que enfrentar a otros grupos, que no hablaban su misma lengua, hasta que fue acogido por otra tribu. Pasaron así más años de caminata trashumante. Cuando quiso abandonarlos, ellos le pidieron dejar a su hija para asegurar la supervivencia de la tribu.

Luego se aproximaría a misioneros evangélicos que buscaban ‘civilizar’ a los de Mashco Piro, como se llama a los indígenas con lengua desconocida. La gente de Balta y Santa Rey, comunidades aledañas a Puerto Paz, repiten el motivo de la evangelización de Epa: “Jesucristo no vendrá a la tierra mientras los hermanos del monte no sean civilizados”. Los misioneros construyeron la cabaña que ahora habita la familia de Epa. Con el paso del tiempo, los abandonaron.

Sus vecinos calculan que hace cuatro años ellos empezaron a acercarse a los pueblos para pedir alimentos. Sus costumbres empezaron a cambiar. Antes eran conocidos como ‘los calatos’ y hoy usan ropa, aunque sufren de resfríos continuos, porque no se la quitan para nada. Ahora gustan de la sal y del azúcar, pero no toleran los condimentos, y piden linternas que mantienen encendidas todo el día.

No saben de agricultura ni de manejar un bote, dos cosas vitales para sobrevivir en Purús, donde se come lo que se siembra o se intercambia en largos viajes.

Epa es el único indígena en contacto inicial del Purús. No sabe cuántos años tiene, pero está casi seguro de que solo volverá al monte, a esa selva inhóspita que parece un telón verde impenetrable, si se le ve desde el río, cuando le llegue la muerte. Con ello, su estirpe morirá. No tiene más hijos.

Janeth, la esposa que lo acompaña durante la entrevista, dice que su cuerpo ya no sabe tener más hijos. Hay un hecho espantoso que quizás explique esa incapacidad.

Hace dos años, ella y Epa llegaron a una comunidad en busca de comida. Él fue embriagado, ella ultrajada sexualmente. Ahora temen a sus vecinos, pero también los espanta la selva. Ambos lados son salvajes. En la quebrada Santo Tomás se instalará pronto un puesto de vigilancia para proteger ese punto de ingreso a la Reserva del Parque Nacional Alto Purús. Esa parece ser la única garantía de tranquilidad para la tribu de Epa.

En cuanto a los no contactados, esta es la época del año en que es posible ver sus campamentos en territorios inhóspitos del Purús. El fotógrafo Ernesto Arias llegó a uno de esos lugares, bautizado como la quebrada Dos Amigos. Allí se descubrieron chozas hechas con hojas de palmera, rastros de fogatas con restos de animales y caparazones de tortugas. Dos personas con escopetas guiaron el recorrido. Se temía que miembros de Mascho Piro poco amistosos rondaran la zona.

Se recogió también información sobre la tala ilegal de madera. En las rutas recorridas no hay evidencias de esta actividad. Sin embargo, hay reportes que indican que se desarrolla durante la crecida del caudal de los ríos en los puntos quebrada La Novia, Sepahua y Varadero. Ello, junto con la construcción de una trocha que pretende unir Purús con Iñapari, estaría menguando los territorios que forman parte del recorrido estacional de los indígenas aislados. Quizás por ello Epa prefiere este nuevo mundo que por ahora empieza y termina en Puerto Paz.

EN PUNTOS
4Ronald Ibarra, de la Dirección General de Pueblos Originarios y Afroperuanos, informará esta semana sobre la situación de los no contactados del Purús.
4El informe responderá la denuncia sobre la huida de nativos peruanos al Brasil por la tala.

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