Derechas antidemocráticas - Mirko Lauer
Los acontecimientos bolivianos de estos tiempos, o para el caso también los de Tailandia y otros países del tercer mundo, reabren la cuestión de si el sistema democrático tiene límites inherentes para administrar diferencias cuando estas son muy marcadas en términos de clase, cultura o etnia. Desaparecida la ideología explícita, hay una crisis de lugares de encuentro democráticos.
Hasta la caída del muro de Berlín (1989) era por lo general la izquierda la que consideraba a la democracia una barrera para el avance de las mayorías. Chile 1973 fue una de las excepciones que reforzaban la idea de que el pueblo organizado no podía llegar al poder por la vía de las urnas, sino por alguna forma de violencia.
El nuevo orden mundial cambió esta situación. Sin guerra fría el acceso a ayudas decisivas para iniciativas extrademocráticas se volvió muy difícil, y los Estados Unidos aflojaron la mano frente a la posibilidad de que las izquierdas lleguen al gobierno. El mapa político de América Latina es una elocuente prueba de ello.
Con lo cual el antiguo sentimiento izquierdista de que la democracia es un corsé que impide avanzar se ha trasladado a la derecha. El peso demográfico de los pobres, los excluidos, los históricamente postergados y los descontentos en general se refleja cada vez más claramente en las urnas. Sus líderes, como antes los de la derecha, están pisando fuerte.
Lo cual nos ubica frente a una derecha cada vez más dispuesta a patear el tablero constitucional, ya no en nombre de la guerra fría, sino de un tipo particular de gobernabilidad. Alberto Fujimori 1992 fue un adelantado en esto. Desde entonces la fórmula del golpe cívico para sacar de en medio un régimen democrático se ha multiplicado.
En el caso de Tailandia las protestas en las calles de estas semanas son en esencia de una clase media contra el peso de las mayorías populares en el Congreso. Su propuesta es un tipo de Congreso que contrapese por designación la hegemonía electoral de las mayorías electorales. En síntesis, contra el principio de egalité que ordena un hombre un voto.
Lo de Bolivia no es tan sencillo, pues hay el factor chavista de gobierno electoral-autoritario, pero en esencia no es tan diferente de Tailandia: hay una variante étnica, clasista e ideológica que simplemente no acepta las mayorías de Evo Morales en los términos que él quiere imponer. De allí su recurso al putchismo.
¿Y por casa cómo vamos? No está del todo claro si el tejido institucional peruano resistiría un triunfo de nacional-izquierdista en el 2011. Pero las raíces de ese peligro anunciado en parte están en el triunfo aprista con vicepresidentes fujimoristas en el 2006. Pareciera que en los países del tercer mundo la democracia siempre funciona mejor como término medio.
La Repùblica
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